miércoles, 3 de diciembre de 2008

JARABO, un asesino con clase.

Hola, amigos:

Viendo cierto cruce de e-mails acerca de los trapitos de Patri, y al margen de que ella ya conoce mi opinión acerca de su estilo, me he acordado de la historia de un asesino muy particular que acabó siendo cogido, entre otras cosas, por su afición a la moda y por ser un caballero que protegía el honor de una mujer.

Estamos en la España de los años cincuenta, Franco puro y duro. Todavía éramos un pais arruinado, con hambrunas un año sí y otro también, poco pan y mucho orgullo falangista español. Los ricos eran extremadamente ricos y los pobres... pues eso.

José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez-Moris era sobrino del entonces presidente del Tribunal Supremo, Francisco Ruiz Jarabo, quien años después sería ministro de Justicia. Estudió el colegio del Pilar de Madrid, vivero de ministros, directores generales y prebostes desde hace un siglo. Creció completa y absolutamente mimado por su madre.

Acababa de cumplir 17 años, en 1940, cuando su familia se trasladó a Puerto Rico. Jarabo abandonó completamente los estudios y llevó una vida de golfo y holgazán hasta que al cumplir los 20 contrajo dos cosas: primero, una neurosífilis; semanas después, matrimonio con una rica heredera.

Pero Jarabo no estaba hecho para el matrimonio y la heredera pidió el divorcio cuando los cuernos le impedían el paso por las puertas de su casa. Solterito de nuevo, se trasladó a Nueva York para dedicarse al tráfico de drogas y de pornografía, por lo que fué condenado a cuatro años de cárcel.

Su madre, hasta las narices ya del niño, le dió 10 millones de pesetas de la época, mas un sueldo mensual, con la condición de que desapareciera de su vista, así que nuestro amigo tomó un avión aterrizando en Madrid el 20 de mayo de 1950. Desde ese momento se sumergió en el mundo de la prostitución madrileña y comenzó a aplicar lo aprendido en el hampa y la cárcel.

Alto, fuerte, guapo, simpático, de trato exquisito, forrado de pasta, Jarabo se convirtió en un hombre de leyenda y las mujeres se lo rifaban. Madrid era entonces una ciudad pueblerina, y aquellos trajes tan bien cortados, aquellos cochazos sensacionales, causaban admiración. Cuando al cabo de dos años se acabaron los 10 millones de pesetas (todo un récord de velocidad) llegó el momento de los negocios sucios para mantenerse.

Gran aficionado a la bebida, cuando se pasaba con las copas era habitual verlo envuelto en peleas surgidas casi siempre por problemas de faldas, aunque en muchas ocasiones salía en defensa de alguien que lo necesitara, en plan justiciero, como el día en que estaba tomando una copa en un club y se fijó en que tres pijos adinerados se reían de un hombre de cierta edad al que acompañaba una impresionante jovencita. Agarró a los tres jóvenes, los sacó del local y en la calle les pegó una monumental paliza.

En el verano de 1957, Beryl Martin Jones, inglesa casada con un francés, llegó sola a Madrid con la idea de hacer un poco de turismo y, fundamentalmente, reflexionar sobre el futuro de su matrimonio, que comenzaba a hacer aguas, pero en cuanto se cruzó con Jarabo, poco tiempo le quedó para la reflexión. Vivieron un verano de ensueño y cuando Beryl descubrió la doble vida de nuestro amigo ya estaba completamente enamorada del seductor latino que, contra todo pronóstico, le correspondió con una relación más profunda y duradera de lo habitual.

Llegó el otoño y se acabó el dinero. Jarabo estaba esperando la llegada de un envío de cocaína (una de sus fuentes de ingresos) y con las 7.500 pesetas mensuales que le enviaba su madre no tenía ni para empezar. Entonces reparó en un anillo de Beryl, un solitario de oro con un hermoso brillante, y a continuación pensó en Jusfer, un nido de ratas que figuraba como una tienda de compraventa, pero que en realidad era una casa de empeños ilegal.

Los usureros de Jusfer se llamaban Emilio Fernández Díaz y Félix López Robledo. Jarabo los conocía de antiguo y acudió con Beryl a la tienda. Ambos se quedaron de piedra cuando no les ofrecieron más de 4.000 pesetas por una joya que valía 50.000 pero no les quedó más remedio que aceptar y pensar que también sería más barato recuperar el solitario. Lo harían en unos días, en cuanto llegara la cocaína que esperaba Jarabo.

Pero llegó el frío y Beryl cayó enferma. En cuanto el marido se enteró, se presentó en Madrid, ignorante de la relación extraconyugal que su esposa mantenía, y la convenció de que fuese con él a Lyon a pasar las navidades. Los amantes apenas si tuvieron tiempo de despedirse. Ella volvió con su marido definitivamente y nunca más volverían a verse.

El tiempo pasó rápido porque en la vida de Jarabo todo iba a velocidad de vértigo. Beryl le escribía con regularidad y en una de las cartas le recordó el asunto del solitario de oro porque su marido le había preguntado por él, aunque le había dado largas. Era la primavera de 1958.

Molesto consigo mismo por el olvido y fiel a su galantería, decidió resolver el tema rápidamente y volvió a Jusfer con el mismo ímpetu que impulsó a D’Artagnan a recuperar los aretes de la reina. Su sorpresa fue mayúscula cuando uno de los prestamistas, Emilio, le soltó que la joya no se la podían entregar a él puesto que la propietaria era Beryl.

Pero ella está en Lyon.

Pues que te haga un poder o una autorización.

Tengo una carta suya en la que me pide que recupere la joya. ¿Podría valer?.

Tráela.

Regresó otro día con la carta, y los buitres carroñeros la dieron por buena. Sólo faltaba pagar 10.000 pesetas para recuperar el anillo, el 250 por ciento de lo que le habían dado, pero Jarabo no podía en aquel momento. Acordaron que cuando tuviera dinero regresaría y se quedaron con la carta, que guardaron en la caja fuerte.

Hasta mediados de junio no volvió Jarabo a la guarida de los ventajistas. Llevaba con él el dinero, pero resultó que no era suficiente. Ahora le pedían el doble, 20.000 pesetas. Era el precio del anillo… y la carta.

Jarabo abandonó la tienda con una idea muy clara, iba a recuperar la joya y la carta “por cualquier procedimiento”. Y optó por la pistola. Se la compró a un sereno del Paseo de la Habana, haciéndose pasar por un Teniente Coronel de Aviación coleccionista de armas.

Dejó pasar unas semanas y llamó a los de Jusfer en vísperas del 18 de julio. Jarabo les dijo a Emilio y Félix que tenía dinero y joyas por valor más que suficiente para recuperar el anillo y la carta y quedó en pasar el día 19 a las ocho y media de la tarde porque, aunque era sábado, por aquel entonces en España se trabajaba 6 dias a la semana.

A Jarabo le gustaba vestirse para las ocasiones, y el día de la cita escogió su mejor traje entre los más de veinte que tenía en el armario, un traje que iba a resultar trascendental en su vida.

Salió con tiempo más que suficiente de la pensión Escosura –los días de los hoteles de lujo se habían acabado–, y en la Puerta del Sol conoció a una mujer que se llamaba Charito y con la que estuvo hasta que dieron las nueve de la noche. Nunca pensó en acudir a la cita en la tienda; su idea era ir directamente a casa de Emilio, uno de los prestamistas.

Llegó unos minutos antes de las diez, la hora en que los serenos cerraban los portales. Tenía muy claro a lo que iba porque abrió la puerta del ascensor con los codos y pulsó los botones con los nudillos. No había que dejar rastro. Le abrió Paulina, la criada, que le hizo pasar al salón comedor. Emilio se enfadó mucho cuando le vio allí porque “estos temas se tratan en la tienda y no en el domicilio privado”. Le dijo que se marchara inmediatamente, y Jarabo, sin decir nada, se fue a la puerta del piso, la abrió, la cerró para que el otro creyera que se había ido y volvió sobre sus pasos.

Emilio estaba en el cuarto de baño y ni siquiera notó cómo el cañón de la pistola se apoyaba en su nuca. Bastó con un disparo a bocajarro. La criada, al oír el disparo, comenzó a gritar pidiendo auxilio y Jarabo le clavó en el corazón el mismo cuchillo que la infeliz Paulina estaba usando en la cocina.

A los pocos minutos, la esposa de Emilio, María de los Desamparados, entró en el piso.

Jarabo se presentó como un inspector de Hacienda y le dijo que se habían llevado a su marido para unas comprobaciones en la tienda. La hizo sentar en el comedor y le dio palique un buen rato. Pero aquello no podía durar eternamente. La mujer empezó a desconfiar y firmó su sentencia de muerte; también fué con un solo disparo a corta distancia.

Como casi era media noche, Jarabo decidió quedarse en el piso con sus tres víctimas. La cocaína y el coñac le ayudaron a pasar el tiempo. A primera hora de la mañana del domingo salió a la calle con una maleta en la que llevaba su traje, que se había puesto perdido de sangre, y algunos objetos robados. Pasó el día durmiendo en su pensión.

El lunes a primera hora entró en Jusfer por la puerta que daba a la escalera de la finca usando las llaves que le quitó a Emilio. Félix, el otro socio, llegó como de costumbre a las nueve y media, y nada más abrir la puerta recibió dos disparos. Pero Jarabo no pudo conseguir el anillo y la carta porque ni siquiera encontró la llave de la caja de caudales.

Más o menos a la hora en que fueron descubiertos los cuatro cadáveres, dejaba el traje manchado de sangre en una tintorería de la calle Orense porque no quiso desprenderse de él. Justificó la sangre diciendo que había tenido una bronca en un cabaret.

La policía tenía un gran problema. Estaba claro que las muertes tenían relación con el negocio de Jusfer, y aunque disponían del fichero de clientes, aquello era como encontrar una aguja en un pajar: los clientes eran demasiados y casi todos tenían un buen motivo para cargarse a aquellos especuladores. En la sede de la Brigada de Investigación Criminal no se apagó la luz en toda la noche.

Jarabo tampoco durmió. Estuvo en un par de cabarets y se empeñó en acostarse con dos mujeres a la vez, pero no encontró quien le alquilara una habitación. Pasó toda la madrugada con ambas en un taxi dando vueltas, y cuando se hizo de día pararon a desayunar. A las once y media, le dijo al taxista que les llevara a la tintorería de la calle de Orense, donde ya le tendrían listo el traje.

Allí lo esperaba la policía. Los dueños de la tintorería se dieron cuenta de que había demasiada sangre en el traje para tratarse de una simple pelea y llamaron a la comisaría. España entera estaba conmocionada por la noticia del cuádruple asesinato cuyos detalles habían sido publicados en prensa y radio, y sospecharon que podían estar ante el asesino.

Jarabo no opuso la más mínima resistencia: aceptó la derrota como un caballero, pidió que subieran desde un restaurante cercano comida para todos y una botella de coñac francés, todo pagado por él. Consiguió que le dieran una inyección de morfina y como en una sobremesa, fué contando la historia del solitario de oro. Manifestó que sentía profundamente la muerte de las dos mujeres, pero no así las de los prestamistas usureros.

El jueves 29 de enero de 1959 se inició en el Palacio de Justicia de Madrid el juicio. La sala se llenó de famosos y conocidos, artistas (como Zori o Sara Montiel), algún torero, esposas de altos funcionarios… Abundaban las mujeres y sólo faltaba la orquesta de Bernard Hilda para que aquello fueran las tardes del Ritz.

La entrada de Jarabo en la sala de la sección quinta fue impresionante. Estrenaba un traje a medida que le sentaba como un guante y avanzó con paso firme y decidido y dedicando sonrisas a las mujeres, que le miraban extasiadas. Cinco días duró el juicio, y cinco trajes se puso Jarabo. “Una ocasión como ésta bien merece estrenar un traje”, comentó el reo, para el que se pedían cuatro penas de muerte.

Las mismas que le pusieron como condena. Y de nada le valieron las amistades ni el hecho de que su tío presidiera el Supremo. Franco no dudó y dio el visto bueno a la ejecución; las muertes de la criada y de la esposa de Emilio pesaban demasiado. Antonio, el verdugo de la Audiencia de Madrid, fue el encargado de la ejecución, que era la número 18 en su larga carrera. Daniel Sueiro mantuvo una conversación con él, que publicó en su libro "Los verdugos españoles":

Era un jabato así de alto, 105 kilos pesaba. No paró de beber whisky y fumar, y en toda la noche no se quitó la corbata. Y le tuve que decir al director de la cárcel, cuando llegó la hora, que se la quitara porque si no el garrote no iba a funcionar. Llevaba una colonia que debía de valer un dineral. A las cinco oyó misa y comulgó. Y se puso los dientes de oro y todo sabiendo que iba a morir.

La ejecución fue una auténtica carnicería porque la pericia del veterano verdugo nada pudo hacer contra aquel cuello de toro. Tras dos vueltas del verdugo al tornillo del garrote, Jarabo seguía vivo y el médico tardó veinte minutos en certificar su defunción. Tal impresión dejó aquella espantosa escena en los presentes que se organizó una comisión de médicos para realizar un estudio sobre el uso del garrote.

El cuerpo fue llevado al cementerio escoltado por coches policiales. En el camposanto se produjo un incidente: corría por Madrid el rumor de que Jarabo no había sido ejecutado gracias a sus influencias. Un comisario oyó que uno de los chóferes lo comentaba, añadiendo que el que iba en el féretro era un gitano que también estaba condenado a muerte. El comisario agarró al chófer por el brazo, le puso la pistola en la sien y le obligó a abrir el féretro: “¿Es o no es Jarabo, rojo de mierda?”.

En el juicio, su propio abogado defensor lo calificó de “psicópata”. El abogado falangista Roberto Reyes, uno de los acusadores, dijo de él “Nada más tener noticia del cuádruple asesinato tuve bien claro que el asesino no podía ser español”. Y cuando se enteró de que Jarabo sí lo era, concluyó: “Lo es, pero tiene una formación extranjerizante”. Lo que no dejaba de ser cierto porque Jarabo se hizo adulto en el hampa y las cárceles norteamericanas.

Besos a tod@s menos a una cuyo nombre empieza por "P" y acaba por "i".

1 comentario:

Anónimo dijo...

hola xicos/as,alguién ve la serie de la 1,HEREDEROS?,bien,yo tampoco pero casualmente acabo de venir de salsa y disponiéndome a cenar enciendo la tele y me topo con dicha serie,y a q no sabeis cómo se llama el perro? no?,pues JARABO,JAJAJAJAJ,BESOS A TODOS.
la patri