lunes, 19 de enero de 2009

EL DIA DE LA NIEVE

Hola, amigos:

De acuerdo. Me lo he buscado. He pedido sugerencias y me las habéis hecho. Debo contar más historias personales. Ya tengo publicados varios momentos de los que marcan el carácter y el devenir de un hombre: mi primera vez, donde cuento mi primer beso, no hay nada peor que..., donde cuento mi operación de fimosis, y mis momentos de vicisitud, donde cuento mi primer orgasmo. Vamos con la tercera, donde vamos a hablar de un suceso terrible, que por poco nos cuesta una pulmonía a un amigo y a mí.

Este post se lo dedico a Javi, que tuvo la desgracia de vivir conmigo aquella circunstancia.

Javi, vámonos en Semana Santa a Madrid.

Vale.

Así comenzaba todo. No recuerdo el año concreto, pero hizo frío polar en la península durante todo el invierno, y la primavera asomaba tímidamente a principios de Marzo.

¿No hará mucho frío?

No, Javi, como mucho 3-4 grados menos que en Sevilla.

Hacia finales de ese mes, en Sevilla estábamos a 20ºC y al llegar Semana Santa agarramos el Citröen AX y nos fuimos a los madriles. En cuanto llegamos nos dimos cuenta de que había un fallo. Faltaba algo. Concretamente el segundo dígito del termómetro del coche, porque no podíamos estar a 3ºC, debíamos estar a 13.

Pero no era un error. Un último frente polar había llegado, era la Semana Santa más fría en Madrid de los últimos veinte años y llevábamos camisas de manga larga como máximo abrigo, así que nos pusimos toda la ropa encima, cambiando cada día la última camisa para que no pareciese que siempre llevábamos la misma.

A pesar de no utilizar la vergüenza con demasiada frecuencia, hay un momento íntimo donde necesito el máximo de complicidad y confianza, y por lo tanto debo estar en un entorno absolutamente conocido: cuando pongo una caquita. Tiene que ser en mi water. En mi casa. Cuando me voy de viaje puedo estar perfectamente 4 o 5 días sin deponer, para pasar a tener ganas cuando regreso, cuando estoy a 2 km de mi casa y luego he de subir las escaleras con la tortuguita asomando y mas prisa que un mariquita en una rebaja de tangas.

El caso es que el tercer día de viaje tenía almacenado en el cuerpo bocatas de calamares, mollejas, oreja, cochinillo, unos cuantos litros de cerveza, otros cuantos de cubata... Y en la subida hacia El Escorial se precipitaron los acontecimientos.

Comenzó a nevar. No teníamos cadenas, no teníamos abrigo. No podíamos parar hasta llegar al Escorial por si cortaban la carretera.

Me incliné hacia adelante para limpiar un poco el parabrisas.

El cinturón de seguridad comprimió un poquito mi estómago.

Se me escapó un pedete.

Y sumando el pedo y la calefacción, supe al instante que debía prevenir a mi amigo.

Javi, tengo algo que decirte...

Pero no me dio tiempo. El pedo fue mas rápido. Se apoderó del coche como si tuviese vida propia y proclamó su dominio como los lobos: por el olor y provocando aullidos, en este caso de mi amigo Javi.

¡Me cago en la madre que te parió! ¡Estás podrido, caaabrón!

Tranquilo, que abro mi ventanilla y enseguida se va...

Un carajo. Se quedó.

Tranquilo, abre también tu ventanilla que así seguro que se va enseguida...

Otro carajo.

Instintivamente, nuestras cabezas se iban hacia las ventanillas abiertas, buscando el oxígeno que nuestro cuerpo necesitaba y que aquel pedo con entidad propia nos negaba porque quería el control del coche. Los ojos nos lloraban al atravesar el gélido viento en medio de la nevada, la nariz nos repudiaba y prometía sacrificar el sentido del olfato para siempre, y yo intentaba por todos los medios no mirar a mi amigo, cuya mirada asesina no veía, pero sentía.

Nos cruzamos con un coche de la guardia civil, cuyos ocupantes podrán contar a sus hijos cómo vieron a dos locos conduciendo un coche a -1ºC, nevando, con la cabeza asomada por la ventanilla.

Al cabo de un rato vimos que faltaban 9 km y supimos que nos teníamos que rendir. El pedo había ganado. El coche era suyo. Se iría cuando él quisiera y no antes.

Así que paramos el coche, abrimos las puertas y le pedimos por favor que saliera.

Se hizo el remolón. Se negaba a irse.

Yo intentaba entrar en calor dando pataditas en el suelo mientras observaba mi camisa, cada vez mas blanca y acartonada por la nieve, e intentaba mantener el coche entre Javi y yo, en un desesperado intento por escapar de su ira.

Javi, yo...

Cállate.

Pero Javi, escucha...

Cállate.

Y lo hice, porque su mirada no era precisamente la de un amigo comprensivo, sino más bien la de un asesino psicópata.

Cuando Javi comenzaba a estar todo blanco y parecerse sospechosamente a un Papá Noel albino, sin gorrito, el pedo se fue. Y lo hizo como vino, a hurtadillas, sin avisar. Simplemente me asomé y ya no estaba. Éramos libres de nuevo.

Entramos en el coche como alma que lleva el diablo y tardamos mas de 20 minutos en entrar en calor y poder conducir porque los tiritones impedían incluso meter las marchas.

Migue.

¿ Qué ?.

Vuelve a hacerme esto y te juro que te arranco los huevos.

Su fría voz y su ira, apenas contenida, obraron el milagro de cerrar mi ojo del culo, y me limité a asentir en silencio y cumplir su recomendación... en ese viaje.

Porque volví a hacerlo de nuevo.

Pero esa es otra historia.

Besos a tod@s



2 comentarios:

manumara dijo...

Me he reído mucho, muy divertido. Claro que todas las cosas de peos y eso me hacen gracia pero más como lo cuentas.

Anónimo dijo...

Si, esa la recuerdo y me he reido a pesar del particular de no ser javi, tampoco la patri, besos de anonim@